Crítica y cine de verdad

Más extraño que la ficción, y en el principio fue la palabra

El rol del guionista dentro del espectro creativo de un film se ha ido modificando históricamente a la par de los cambios que han sobrevenido en la industria cinematográfica. De hecho, el guionista pasó de ser “un mequetrefe con porno” (al decir del productor Jack Warner) a ser aquél que casi controla un proyecto artístico.
Los guionistas han sabido pasar por diversos estadíos -y no me refiero, esta vez, a los avatares históricos de la profesión-: la marginalidad abusiva, el ensalzamiento industrial, la más benigna de las autonomías, pero, sin duda alguna, el estadío más terrorífico es … el tan temido “bloqueo creativo”.
Esto es lo que le sucede a la escritora Kay Eiffel (Emma Thompson), quien, además de esta desvastadora experiencia, describirá las múltiples contingencias de una artesanía compleja: el oficio de escribir.
Sin embargo, hay más. El personaje protagónico de Kay, Harold Crick (Will Ferrer) es narrado literal -y literariamente- tal como sucede en su inconclusa y tullida ficción. Lo trágico es que el personaje ha de morir… y Harold no desea hacerlo, por lo menos no cuando su vida ha comenzado a desafiar la triste rutina.
Así, Harold, un solitario agente de Hacienda, se despierta un extraordinario día Miércoles, descubriendo que una narradora describe cada uno de sus movimientos: “el sonido de los sobres rozándose le recordaba a Harold un profundo e infinito océano” (“the sound of the Manila folders rubbing together remind Harold of a deep and endless ocean”) es una de las frases, pronunciadas -en perfecto inglés británico- por una voz femenina, que hicieron que aquél pasara del consejo de un asesor en Recursos Humanos (Tom Hulce), a la sugerencia terapéutica (Linda Hunt), hasta llegar al más efectivo consejo del Profesor Jules Hilbert, un experto en Teoría Literaria (Dustin Hoffman).
Lo más atractivo del film es que este no intenta responder a la más inmediata (y facilista) pregunta de si es física, mental o sobrenaturalmente posible que Harold escuche la voz de su propia narradora; lo más interesante es que tanto el protagonista como el resto de los personajes involucrados enfrentan dicha cuestión pragmáticamente. Y ello porque el conflicto que se desata no es a partir de la verosimilitud o no de la voz sino del anuncio de la muerte (narrativa o no) de Harold.
De este modo, el Profesor Hilbert idea una suerte de test con el objeto de deducir el tipo de historia en el que se encuentra inmerso Harold, despejando el porno mexicano, las fábulas chinas y las fantasías tolkienianas sólo para abstraer las dos máximas caracterizaciones aristotélicas: la tragedia y la comedia. En este punto, resulta fundamental la entrada del personaje de Ana Pascal (Maggie Gyllenhaal), una panadera artesana con alma de activista (su panadería se llama “The Uprising”, “El Alzamiento”), quien deviene en el interés amoroso de Harold.
No sólo Harold entra en conflicto; Kay no puede hallar el modo de eliminar a su protagonista, de allí su crisis creativa y de la entrada en escena del personaje de Penny Escher (Queen Latifah), una experta en componer situaciones como la que atraviesa Kay.
Sin embargo, lo más interesante de “Stranger than Fiction” es que constituye un verdadero ejercicio acerca del oficio de escribir y guionar, de las múltiples contingencias de una artesanía tanto fascinante como compleja dada la enorme cantidad de aspectos técnicos, teóricos, metodológicos y creativos que contiene (por ejemplo, la voz narradora aparece toda vez que Harold despliega acciones; los marcados plot points del film; el planteo de si la trama encuentra al protagonista o si ésta se desarrolla a partir de las acciones del mismo).
Indudablemente, el tema de la laxitud de los confines es el tópico narrativo y estético de Marc Forster, también director de “Finding Neverland” (2004) y de la muy interesante “Stay” (2005).

Extrañas coincidencias

Gran parte de los persones de “Stranger than Fiction” presentan nombres de matemáticos o científicos. Así, el personaje del Profesor Jules Hilbert nos podría remitir al matemático alemán David Hilbert; el de Ana Pascal, al matemático Blaise Pascal; el recorrido del ómnibus que toma Harold, Kronecker, bien podría relacionarse con el nombre de Leopold Kronecker, matemático alemán que descolló por sus estudios sobre las funciones elípticas y la teoría de los números (recordemos que Harold es un experto en efectuar cálculos matemáticos “en el aire”); Escher, apellido de la asistente Penny, nos recuerda a Maurits Cornelis Escher, matemático y artista holandés, quien trabajó en la exploración de lo infinito; finalmente, Crick, biólogo británico, fue uno de los descubridores de la estrictura del ADN.